La batalla entre la imagen y la palabra

LA BATALLA ENTRE LA IMAGEN Y LA PALABRA

por Horacio Krell*

Vivimos en la cultura de la imagen donde lo visual se impone por goleada. Pero un abogado sabe que para reconstruir un juicio oral es mejor leer, porque depende de sus destrezas lectoras y no de la duración del video de cada audiencia, con sus tiempos muertos, de tener que escuchar a los que aportan poco. Son temas que no puede evitar. Además con el salteo de partes puede ir directamente a lo que más le interesa.

Un juicio oral tiene una larga duración y puede filmarse o registrarse en formato de texto. Si un abogado quisiera repasar algún aspecto puntual, tendría dos opciones: observar la filmación o leer la transcripción.

Ver un programa por TV es como viajar en avión, no se puede bajar. Leer es cómo manejar un auto, se puede acelerar la marcha o detenerse para reflexionar. La imagen es también una herramienta persuasiva. Ver para creer es una necesidad humana. A esto se oponen el conocimiento cierto y el razonamiento correcto que se logran leyendo. Por eso dijo Newton: “No soy un genio, estoy parado sobre las espaldas de gigantes”.

Hay una lucha en los medios de comunicación. Es entre la imagen y el texto. El  síntoma de la relegación del texto es su sacralización (no se lee pero se supone que contiene la verdad profunda). Se aprecia no por lo que dice, sino por lo que se cree que dice. Así la palabra escrita es tomada como imagen. Un papel escrito con ciertas letras y respaldado por el logotipo de una editorial prestigiosa, eleva la jerarquía del enjambre de letras. Se endiosa al libro cuando en realidad se veneran imágenes. Se considera inferior a la la TV pero no se pasa un día sin prenderla, aunque sin advertir su literatura disfrazada.

Los cineastas operan sobre la base de un pensamiento literario. Si la película no se traduce en un argumento explicable verbalmente no se entiende. En ese caso la imagen está donde la gente cree ver un texto, y el texto está donde se cree ver una imagen. La gente que se queja de que ya no se lee no advierte que las sonseras que ocupan los libros no son menos que las que pueblan la TV. Hoy los libros de autoayuda invaden las librerías en desmedro de los los que sirven para ayudar a los demás. Una gran riqueza de imágenes se  encuentra en los textos que producen imágenes mentales, como el gato de Lewis Carroll del que sólo se veía la sonrisa y no la boca sonriendo, como se tergiversó en la película Alicia en el país de las maravillas.

El dicho una imagen vale más que mil palabras se podría invertir por una palabra genera 1000 imágenes. Hay imágenes que pesan más, pero no valen lo que pesan. El mayor tiempo que se vive en el ciberespacio parece minimizar los polos de la puja letra imagen. La TV es reemplazada por el monitor de la PC, y ahí no hay primacía de la imagen ni del texto. Todo está potenciado y se clarifica que la la lucha librada en el seno de la cultura es entre inteligencia versus estupidez. Los que no despegan su nariz de la pantalla, no son mejores que los que hace 50 años leían Tarzán y se distraían con un aro de en la cintura gritando hula-hula.

Una imagen vale más que mil palabras. Esa frase tiene una falaz. Porque las imágenes y las palabras no están enfrentadas sino que colaboran, se complementan y se refuerzan entre sí. La fotografía puede atraer e impactar en un segundo, mientras que el texto podría ofrecer una información más profunda.

Al fotógrafo pasar al medio escrito le parece complicado e innecesario: “Mis fotos no necesitan texto porque lo dicen todo por sí mismas”. La foto desaprovecha el potencial de la palabra para darle sentido. Se pierde la oportunidad de integrar texto e imagen para crear algo diferente, que es el fruto de combinar ambos sistemas.

Escribir en un mundo de imágenes. Escribir ayuda al fotógrafo a conectarse con su audiencia. Al apretar el disparador de su cámara selecciona una parte de la realidad. Así solo una pequeña porción del mundo queda reflejada y el resto queda fuera. Por más perfecta que sea una foto hay detalles que se perderán.

No se puede capturar el mundo con una cámara, ni registrar olores, apropiarse de un sonido de fondo o transmitir la sensación que el sol o el viento dejan en la piel. La foto es una forma excelente de detener el mundo para compartirlo, pero como todo medio tiene limitaciones. Cuando se la acompaña con un texto se transmite lo que la imagen no puede brindar. Se aporta contexto, se profundiza su historia y se añaden elementos que quedaron afuera de la película o de la memoria. Hacer una fotografía es más  que disparar la cámara. Aunque surja por azar hay un motivo para haber estado allí en el momento y en el lugar justo.

Compartir esa inspiración conecta con la audiencia para que entienda la foto. No es necesario describirla, sino expresar lo que la rodea y lo qué llevó hasta ella. Al observador atento le interesa saber esos detalles.
Escribir también documenta sobre la evolución del que fotografía y a su vez reflexionar sobre eso.
La creatividad suele ser escurridiza. Hay que alimentarla y estimularla para que no se vuelva perezosa. Por eso la escritura es útil para un creador visual, porque modifica su modelo mental. Las páginas matutinas le dan la libertad para hacer con ellas lo que quiera y hasta de reconciliarse con la escritura y con la creatividad.
Aprovechar el potencial de las historias. Un buen relato atrae. A niño le cuentan cuentos por la noche. Los adultos se enganchan en series porque necesitan conocer el final. El storytelling se ha puesto de moda.
La ciencia ha corroborado el poder de las historias en la mente, cuando son contadas alrededor del fuego o como anécdotas en la barra del bar. Cada foto encierra una historia. Algunas son sencillas, otras surgen en lugares insospechados o en condiciones inimaginables. Y vale la pena que sean contadas y compartidas.
Los universales de la experiencia.  Hay un eterno juego entre los tres universales de la experiencia: los hechos que suceden, los símbolos que los registran y las ideas que surgen del intercambio.
Los universales de la experiencia sostienen entre sí una relación dialéctica e interactiva.
La imagen, por ejemplo, surge de la capacidad de imaginar. La imagen en el cerebro es la huella mnémica del objeto que se registra y que luego podrá reproducir. El hemisferio izquierdo del cerebro se encarga de la palabra y el derecho de la imagen. Se comunican a través de un manojo de fibras nerviosas llamado cuerpo calloso. El concepto abstrae rasgos comunes: “el qué”, en cambio la imagen es una identificación: “el quién”.
En algunos tests de memoria los participantes intentan memorizar 100 números del 1 al 100 , y el resultado es que recuerdan tan solo el 10%. Sin embargo los especialistas en mnemotecnia recuerdan el 100%.
Para eso aprendieron a relacionar la imagen y la palabra de un modo complementario y eficaz.
La técnica AIDA. La A es atención, para recordar primero hay que observar. La I representa al interés, sin interés nada ingresa a la mente. El ingreso se logra mediante una fotografía mental del número. Esto lo hace el hemisferio derecho, el izquierdo maneja las palabras. Para lograr la D, el deseo de retener, se apela al story telling, una historia creada a partir de relacionar la foto de cada número con el que le sigue. La trama
produce una película multisensorial gracias a la neuroplasticidad del cerebro para encadenar neuronas.
La A de acción se materializa cuando el conductor del evento relata la película, haciendo  “play” en su mente. Y pide a los participantes que sumen los números y ellos se paralizan. Pensar es un rodeo entre los datos y el problema usando los conceptos, la memoria y la imaginación. Se resuelve con una idea que facilita el cálculo. Se suma 1 +99, 2+ 98, …  hasta 49+51, (49 veces 100) más 50 y se llega al resultado: 4950.
La imagen la cosa y la palabra. El saber es estático, por eso Einstein dijo que “la imaginación es más importante que el conocimiento”, porque lo pone en movimiento. Desde la imagen la reflexión se concreta y no desde categorías lógicas que dan seguridad pero no generan recuerdo ni ideas. La imagen vive virtualmente en el concepto como posibilidad. La lógica y la experiencia se complementan, como la imagen y el concepto. El discurso parte de conceptos que se traducen en imágenes. El hecho vive en la imagen.
Los conceptos no pueden encapsularlo. El concepto “superficie” se representa con la imagen de una hoja de papel. “Superficie” como concepto no coincide con la cosa hoja, pero la imaginación crea la relación.
La imaginación da instrucciones para hacer imágenes. Articulando los conceptos  y las imágenes, se combinan la universalidad abstracta con la concreta, conectando la imagen, la cosa y la palabra.
Un diálogo que no descarta los opuestos. Einstein dijo que “el arte llega a las verdades más profundas por el camino más sencillo”.  El concepto es abstracción, la imagen llega al corazón, por eso se apela a ella para convencer. El hombre soñó antes de hablar, pensar en imágenes coexiste con pensar en palabras. Einstein se imaginó a sí mismo persiguiendo un rayo de luz y esa imagen fue clave en su teoría de la relatividad.
Las imágenes que más convocan hoy son individualistas, reemplazan a los sueños comunitarios. Introducido a través de los medios, el nuevo imaginario colectivo es global. El poder inductor de las imagen se ve en los juegos de violencia, la imagen parece ingenua pero revela un punto de vista. El sujeto imaginante no contradice al observador y argumentador de la ciencia.
Las fuentes de la imaginación son la analogía;  la reducción; la belleza; las ideas absurdas, mezclar a ver qué pasa; inventar conceptos y romper las reglas. Lo virtual no se opone a lo real sino a lo actual: son maneras de ser. Virtual es la virtud de producir un efecto. Se crea lo que el hombre no tiene: el abrigo al no tener una  piel de oso; el avión, al no tener alas. La imaginación permite anticipar, concebir, proyectar, programar y virtualizar lo que luego se hará concreto, actual y, nuevamente virtual, en un continuo devenir dialéctico.
Hoy la imagen vence a la palabra. Porque el esfuerzo para interpretarla es mínimo y la recompensa muy grande. La comprensión de la imagen es explicita no hay que hacer nada para interpretarla. El cerebro cambió a medida que avanzó la tecnología, antes todo era el día y la noche y el reloj permitió una medición exacta, el espacio era infinito y fue sustituido por su representación concreta por el mapa, la lectura era oral y de memoria, de uno para todos y con la aparición de la imprenta el libro se hizo universal y la lectura silenciosa y la informacion restringida fue ampliada por el acceso amplificado y simultáneo por internet.
La imagen facilita el proceso simultaneo e inmediato, en tiempo real, en cambio la lectura permite realizar un proceso más lento o reflexivo. Mientras se lee el tiempo lo decide el lector porque puede seguir o parar según su criterio, en el caso de una película los tiempos los maneja el medio. La lectura brinda un espacio para la reflexión, ante la imagen la respuesta es impulsiva. Es por eso que los chicos de hoy no tienen paciencia y la espera los desespera. No pueden tolerar la frustración, ni resolver un problema, justamente porque no reflexionan. Tampoco saben aburrirse y se aburren en clase porque la comunicación del profesor es reflexiva y ellos están habituados a actuar por impulsos. Por eso el docente de hoy debe recurrir a la imagen.
Es por el pensamiento impulsivo que los niños ganan a sus padres en los videojuegos porque no secuencian, actúan por impulso, son la generación de los pulgarcitos. La pereza intelectual se da en este contexto donde se ha desvalorizado el esfuerzo que se reemplaza por buscar todo en google. Hoy se recuerdan los números de teléfono, ni siquiera el propio. Se perdió confianza en uno mismo con respecto a lo que dice la PC.
Mentes superficiales. ¿Cuál es el 50% de 100? ¿Puedo usar la computadora? Pregunta el alumno.  La tecnología fue creanto profesionales que responden por lo que dice la PC  y no por la cara del cliente.
Lo mismo pasó en la tragedia del avión de Air France que colapsó porque el piloto le dio más crédito al información errónea que recibía del control que a su propia sapiencia. La dependencia se refleja en el temor a perder el celular. Porque el celular es la vida. Harry Potter como libro disminuyó su venta cuando se hizo la película. Cuando uno lee un libro antes, el film no le atrae tanto porque imaginó otra cosa al leer. Un chiste entre ratones en el sótano de una cineteca dice: “Me comí la película pero más me gustó el libro”.
El 50% de la comprensión en la lectura lo pone el cerebro con su capacidad de imaginar.
Crear buenos hábitos. Un hábito es la única conducta humana que se perfecciona con su ejecución, con la frecuencia que se repite, y que actúa con independencia de la voluntad. Es mecánico y recompensa o satisface cada vez que se repite. Por eso con la lectura hay que empezar temprano, para generar el hábito, tal  como cepillarse los dientes. A padres lectores hijos lectores. Hay un chiste de Groucho Marx: Mi éxito se debe a que cuando encendía la TV me iba a otro cuarto a leer. Pero la lectura compite con adversarios muy atractivos. Por eso hay que leerles en voz alta y luego dejar el libro abierto para que lo termine. Sin leer baja el nivel del lenguaje de los niños.  No entienden. La tecnología creó su respuesta inmediata y su conducta impulsiva. Ojalá que la nueva normalidad; recupere la lectura y los valores, que se cambie el actual hacerse rico, famoso y sin esfuerzo por que las neuronas trabajen más, que leer es divertido y hacete rico leyendo.
El uso de tecnología es abusivo. A los 2 años de edad, el promedio es de 3 horas por día. De los 8 a los 12, se acerca a las 5. En la adolescencia llega a 7, más de 2.400 horas al año en pleno desarrollo intelectual.
El uso de la tecnología, lejos de ayudar al desarrollo, produce graves complicaciones sobre el cuerpo (obesidad, problemas cardiovasculares, reducción de la esperanza de vida), sobre las emociones (agresividad, depresión, comportamientos de riesgo) y sobre el desarrollo intelectual (empobrecimiento del lenguaje, concentración, memoria). Hay un peligro en las pantallas que es dejarlas funcionar en forma acrítica.
Así destruye los pilares del desarrollo del niño: la interacción humana, el lenguaje y la concentración.
¿Qué está haciendo internet con nuestra mente?  La convierte en superficial e incapaz de pensar con profundidad. La cultura digital no es inofensiva y no nos vuelve más inteligentes. En los años 60 McLuhan escribió ¿Cómo comprender a los medios de comunicación? En esa época pronosticó la desaparición de la mente lineal por los efectos de la tecnología. La mente durante siglos se formó con la lectura pero fue invadida por los medios eléctricos: teléfono, radio, cine y televisión. De allí surgió su frase: “el medio es el mensaje”. La tecnología eléctrica iba a competir con la tecnología creada por Gutemberg (la imprenta).
El torrente desencadenado es visto por muchos como la democratización de la cultura, otros, como ahora con internet, denuncian la rebaja de la calidad de los contenidos. Lo que McLuhan vio fue que el contenido era lo menos importante, la clave era la preponderancia del medio al influir sobre el pensamiento ya que afecta la dinámica de la percepción modificando el sistema nervioso. La arrogancia nos lleva a pensar que la controlamos pero el contenido es el anzuelo con el que nos distraen mientras realizan sus fines.
Con internet y celulares el banquete ofrecido se volvió móvil y se lleva en el bolsillo. La pantalla aniquila las dudas con sus beneficios, comodidades y recompensas. No advertimos que se convirtió en nuestro amo. Rediseña nuestra memoria y los circuitos neuronales. Se pierde concentración y la lectura es un esfuerzo.
Es enorme la ventaja de acceder a una fuente maravillosa de información y conocimiento que estaba diseminada y sin utilidad. El problema es precio que se paga. La web es el medio de comunicación preferido pero dimos a cambio el proceso lineal de pensamiento por estallidos cortos, solapados y sin coordinación. La mente imaginativa del renacimiento, la racional de la ilustración, la inventiva de la revolución industrial y la subversiva de la modernidad, fueron desplazadas. Incluso se generó adicción: más comes más hambre tienes.
Antes se suponía que el cerebro era un artefacto. Pero llegó la idea de la neuroplasticidad. Todos los circuitos sensoriales están sujetos a cambios. Al cerebro le interesan más los caminos viejos pero las neuronas no rompen viejas conexiones mientras crean nuevas neuronas y no dejan de reprogramarse. Si las experiencias se repiten, el entramado de neuronas se hace más fuerte y unidas con sinapsis permanecen juntas.
¿En el aprendizaje predomina la cultura o la naturaleza? Los genes nos condicionan, son las plantillas innatas, la arquitectura básica del cerebro. Las experiencias vividas modelan el largo plazo y los cambios.
La selección natural ha permitido que el cerebro se adapte a las circunstancias.
El cambio también se produce ejercitando la mente o con entrenamiento cognitivo. Cambiar actitudes y pensamientos afecta la anatomía del cerebro. Pero las rutas neuronales son elásticas, se estiran pero no se rompen, quedan en suspenso, El problema es que los nuevos hábitos pueden ser buenos o malos. En general se adquieren los que tienen menos resistencias. La tecnología ha venido para quedarse, el tema es la síntesis que pueda hacer el hombre haciendo la pases entre la imagen y la letra. Hablando se entiende la gente.
* Director de Ilvem, mail de contacto horaciokrell@ilvem.com

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