Es la realidad o somos nosotros

ES LA REALIDAD O  SOMOS NOSOTROS

Por Horacio Krell*

Somos una especie rara que tiene todos los recursos para ser una potencia pero que vive enredada. ¿Es el contexto que nos apabulla? O somos nosotros con nuestro modo de ser.

Según parece el 90% de la opinión pública estuvo a favor de la guerra de Malvinas. La plaza de mayo que llena Leopoldo Galtieri el 2/4/82 lo demuestra. La plaza que protesta contra el gobierno el 30/3/82, era de militantes políticos y sindicales, los mismos que apoyaron la recuperación de las islas por la vía militar. Fue un sentimiento mayoritario tal como lo muestran las encuestas. Esta reacción irracional de las mayorías volvió a plantearse en 2019 con la elección de un gobierno impulsado por Cristina Fernández, acusada de corrupción en múltiples causas. Esa sociedad aumenta hoy la imagen positiva del presidente Alberto Fernández, que trepó a 93,8% al decretar la cuarentena. La adhesión a su gestión refleja al 72,7% que expresó a favor de extender el aislamiento el 31/3. Esta reacción social contrasta con el desempeño individual que forma parte de nuestras contradicciones:

Vas al médico y te diagnostican corona virus. No eras consciente de que estabas infectado e ignoraste las reglas. Te juntaste con amigos para comer pizza, invitaste a gente a casa e incluso fuiste a un parque y a una playa. Pensaste: no me siento mal y tengo el derecho a seguir  una vida normal. De pronto te sentís mejor, estás sano y fuerte. Qué suerte la tuya. Pero contagiaste a tu mejor amiga. Y como ella no sabía que estaba contagiada, visitó a su abuelo de 82 años, que usaba oxígeno para ayudarse a respirar. Ahora está muerto. Tu compañero de trabajo se contagió Ahora también contagió a miembros de su familia, que aún no lo sabrán hasta dentro de 2 semanas. El chico que te cobró la pizza en el restaurante, se llevó el virus a casa y su mujer tiene esclerosis múltiple. Es posible que tengan que inducirla a un coma y entubarla. Puede que muera rodeada de máquinas, sin sus familiares alrededor. Y todo esto porque te incomodaba el tapabocas, o no te gustaba quedarte en tu casa o cambiar tus rutinas. Querías continuar viviendo tu vida normalmente y nadie tenía el derecho a decirte lo que debes hacer.

La democracia está en peligro. Estamos en mayo 2020 y un grupo de intelectuales y científicos opinan lo siguiente: “Ningún país estaba preparado para la pandemia pero la primera reacción del ministro Ginés fue negar su existencia, a pesar de las advertencias de la comunidad científica y política. El gobierno desestimó el planteo de testear, rastrear y aislar casos, no controló a tiempo las fronteras y decretó una cuarentena improvisada, sin presentar un plan ni una fecha de finalización. Exhibió logros parciales, se comparó erróneamente con otros países, y mostró supuestos éxitos, cuando debió hacer predominar la cautela y el realismo. Anunciaron “la hora del Estado”, un avance para eludir el control institucional, con un relato de expertos que saben lidiar con el laboratorio, pero desconocen las consecuencias sociales de sus sugerencias.

En dos meses, hubo miles de detenidos y millones de sancionados en nombre de su propia salud. La detención, seguida de muerte fue responsabilidad del gobierno, que creó las condiciones para que sucedan. Miles de argentinos quedaron varados en el exterior o interior. Las provincias se cerraron como condados medievales. Clases suspendidas, enfermos sin seguir su tratamiento, familias separadas, muertos sin funeral y militarización de barrios populares.

El desdén por el mundo productivo trajo como consecuencia la pérdida de empleos, el cierre de empresas y el aumento de la pobreza. Los créditos de asistencia a las Pymes fueron tácticas publicitarias con requisitos inalcanzables. La democracia está en peligro, como no lo estuvo desde 1983. El equilibrio entre los poderes ha sido desmantelado. El Congreso funciona discontinuado y la Justicia ha decidido la extensión de la feria, excluyéndose de la coyuntura. Manifiestan esta preocupación y llaman a grupos y organizaciones de la sociedad, partidos, sindicatos, formadores de opinión y medios a redoblar una actitud crítica y vigilante hacia al poder, aumentando la deliberación y la conversación social sobre las consecuencias del aislamiento y exigiendo la preparación de un plan de salida. La sociedad argentina ha mostrado ser responsable a la hora de enfrentar la amenaza de la pandemia. Acató las normas, cumplió los consejos y se mostró respetuosa de la ley. Es hora que el presidente haga lo mismo.

La democracia ganó en los países democráticos. Corea del Sur votó en elecciones parlamentarias. Alemania tiene una de las más bajas tasas de mortalidad en coronavirus. Dinamarca fue el primer país europeo en reabrir colegios y la economía. Australia tuvo una cuarentena flexible y, registró pocos contagios y menos muertes. Uruguay no aplicó un confinamiento estricto. Todos esos países son democracias liberales consolidadas.

Pero la China de Xi Jingping quiere exportar su modelo autoritario como paradigma de éxito y otras democracias del mundo -India, EEUU, Gran Bretaña, Brasil, México, Argentina, Indonesia- sucumbieron a la tentación populista, con líderes apegados al autoritarismo. Todos ellos fueron desnudados por la pandemia: secretismo en China; aluvión de muertes en EEUU, Gran Bretaña, Brasil y México, y una recesión histórica en India.

El coronavirus abrió el camino a la discrecionalidad sin controles. Pero sus historias de éxito muestran que las que mejor enfrentaron la peor crisis, fueron las naciones democráticas.

Debemos darnos cuenta.  Que la dirigencia argentina se enamora de soluciones transitorias y las convierte en permanentes y que el remedio termina siendo peor que la enfermedad.

Hay miedo a cuestionar. Como dijo uno de los expertos: “Los que dicen que la cuarentena es mala, que prueben con la muerte”  . Los argentinos votamos a políticos, no a epidemiólogos. Cuando las decisiones se toman entre pocos y con un solo punto de vista, salen mal. Ante las enfermedades  múltiples no se puede ver solo a un especialista, sino a un generalista o a varios.

El protocolo de la democracia tiene reglas de oro: 1. Control: el Presidente debe ser controlado por otros poderes. 2. Consenso: el Congreso tiene que intervenir en las decisiones. 3. Legitimidad: surge de haber respetado el protocolo. Es lo contrario a lo que sucede hoy.

Preguntas sin respuestas.  ¿Es lógico que nos preguntemos sobre la falta de planificación de la cuarentena? ¿No es obvio que la dirigencia política tomó malas decisiones? ¿No hubiera sido más lógico, armar un equipo multidisciplinario, con la oposición y especialistas, como economistas, sociólogos, profesionales de la salud mental y juristas, para armar un plan integral? ¿No hubiera sido más racional ir gradualmente, cerrando las fronteras y preservando a los sectores más vulnerables, sin apelar al confinamiento más duro desde el arranque? ¿No estamos haciendo al revés las cosas flexibilizando cuando viene el pico más alto de contagios?

Los juristas dicen que no es legal la restricción de derechos y libertades que impone la cuarentena. Al no declararse el estado de sitio, todas las limitaciones tienen que hacerse a través de leyes. Es inconstitucional por discriminatorio y estigmatizante cerrar un barrio popular como Villa Azul. La  lógica del cierre es: ‘No nos contagien a nosotros, contágiense entre ustedes’.

Garantizar los derechos, donde no hay espacio para moverse (a diferencia de los countries y barrios cerrados), sería trasladarlos a lugares más abiertos, no encerrarlos más. La cuarentena no es igual para los que viven en casillas que para los que viven en casas con varios ambientes.

Demasiadas restricciones ha debido ya padecer  la sociedad como para tener que sufrir actitudes propias de regímenes totalitarios por parte de quienes buscan sacar tajada de la emergencia.

Solo se podrá salir con instituciones sólidas, con respeto por los principios republicanos y con la división de poderes, donde las libertades más básicas no tengan que pedir permiso para circular.

Formosa es el modelo a seguir. Es una de las provincias más pobres y atormentadas por la corrupción y el narcotráfico. No hay causa por corrupción que prospere, y la sospecha es que los narcos actúan con respaldo. Los índices del gobierno hablan del 25% de la población debajo de la línea de pobrezaFuentes independientes estimaron una pobreza superior al 50%. A los empleados les recortan el 50% de sus salarios. Son personas que apenas ganan entre 7000 y 15.000 pesos por mes. El modelo económico formoseño, que el Presidente pone de ejemplo, no genera recursos. El 95% del presupuesto proviene de la coparticipación federal. La actividad privada es nula, con poco empleo en el sector y también la que menos exporta. Es el reino del asistencialismo y del empleo público. O se trabaja para el Estado, provincial o municipal, o se reciben planes. El gobernador públicamente desalienta las inversiones y la llegada de empresas.

Cuarentena o muerte. Nos impiden hablar de los efectos secundarios. La pretensión del pensamiento único y la intolerancia frente a las dudas, es algo que atraviesa la atmósfera. Muchos, se declaran militantes, como si se tratara de una ideología y no de una herramienta.

El virus del fanatismo asoma. La cuarentena fue un tratamiento eficaz, aunque acentuó las desigualdades, levantó muros, propició guetos y multiplicó la pobreza y recortó libertades. Ahora nos imponen que va a durar lo que tenga que durar. Desconocer su secuela es de necios.

Pero focalizados en sus efectos positivos, ¿alguien puede ser militante de la quimioterapia? Y cuando un paciente plantea sus temores, ¿qué clase de médico es el que le contesta si no te gusta, prueba con la muerte? Los países han aplicado distintos modelos de cuarentena, han tenido en cuenta criterios diferentes, han sido más o menos flexibles, esto se debió a la falta de manuales y de certezas. Frente a eso, todos deberíamos ser más humildes y admitir preguntas: ¿Hay un plan de salida? ¿Se puede sostener el encierro colectivo y hasta cuándo?

La ciencia es ensayo y error; es aprendizaje y experiencia. Muchos científicos han tenido la honestidad de admitir que van tanteando sobre la marcha. ¿Cómo encuadra entonces el dogmatismo de “cuarentena o muerte”? Si el derecho a plantear dudas e interrogantes es esencial en una sociedad democrática, se hace obvio y necesario ante un enorme cúmulo de datos que se ignoran y otro cúmulo de contradicciones que muchas veces nos dejan perplejos.

Plantear dudas o acatar. Decían que el tapabocas era innecesario; ahora es obligatorio. En Capital se puede ir con los chicos a la plaza; en la provincia, no. Podemos estar con desconocidos en el supermercado, pero no ir al consultorio, visitar a un amigo o a la peluquería. Podemos salir a pasear un perro pero no a caminar solos. Se permiten las ferreterías pero no las librerías. Opera la Bolsa pero no la justicia. ¿No podemos plantear dudas? o ¿Debemos acatar y agradecer a un Estado que nos cuida? ¿Está mal que nos angustien el encierro, el temor, la incertidumbre, el riesgo de quedarnos sin trabajo, la lejanía de padres y abuelos? ¿O vamos a fabricar otra grieta, entre angustiados y agradecidos? En adelante la referencia en nuestras vidas será la pandemia. Está en riesgo la salud, el empleo, el equilibrio emocional, la relación con el Estado. Reducirlos a cuarentena o muerte es un reduccionismo publicitario, un eslogan impropio de un razonamiento científico o de la perspectiva de un estadista.

Errar produce consecuencias. La tarea humana está asociada a un margen de error. Pero los errores tienen consecuencias. Cuando advertimos que el ministerio de Salud de la Nación (el que dijo que el coronavirus no iba a llegar) tiene dificultades para medir los índices de mortalidad y confunde 100.000 con un millón, los ciudadanos tenemos derecho a dudar.

¿No se estará administrando la cuarentena con esa misma desproporción? Es regla de tres simple, dijo el Gobernador en la conferencia en la que fueron exhibidos los datos erróneos.

Nada parecería ser tan reglado ni tan simple. Si la ciencia es ensayo y error, la intelectualidad es crítica y debate. Tal vez deberíamos preguntarnos, frente a una situación tan compleja y tan desafiante, ¿dónde están los intelectuales? El debate y el pensamiento crítico hoy parecerían latir más en el periodismo independiente y de calidad que en el ámbito académico. ¿Dónde están las universidades? ¿Y las academias? ¿Qué dicen las asociaciones de profesionales? Parecen en retirada. La intelectualidad desertó de su mandato ético con el coro sumiso de Carta Abierta. Las universidades públicas se rindieron al dogmatismo militante. Olvidaron a Ortega: “La intelectualidad, por su propia esencia, no tolera ser puesta al servicio de nada. El intelectual no puede ser en ninguna acepción un hombre de partido”. Su causa debe ser la libertad.

Debemos dudar cuando advertimos científicos cómodos al abrigo de los honores oficiales. La ciencia puede quedar manchada cuando pierde independencia y cae en complacencia. Ciencia sin conciencia es la ruina del alma. Hay que reinvindicar el derecho a dudar y a debatir. La pandemia los secuestró. No entreguemos el espíritu crítico. No aceptemos el pensamiento único. ¿No hay otra alternativa que seguir con la cuarentena? La respuesta no la tiene nadie. Pero no debemos admitir que encierren el pensamiento, descalifiquen las dudas y nos manden a callar.

Argentina potencia. En 1945 el premio Nobel Samuelson predijo que seríamos la próxima potencia. Pero se estaba gestando el populismo. Hoy estamos en el puesto 58 entre 65 países en los exámenes PISA. La solución es que la educación sea política de estado, la estrategia que siguió Finlandia. Allí las estrellas de la sociedad son los maestros y no los ricos y famosos y es administrada por gente que nadie conoce y que no hacen fortunas de la noche a la mañana. Como dijo Vargas Llosa: “Un pueblo educado no puede ser engañado”. En el populismo cada actor sabe de memoria su papel: aprendió que el líder conduce con mano dura, no tolera el disenso y crea grietas. Sabe que recibirá premios sólo si lo apoya, no por su capacidad y que si critica lo persiguen. El líder democrático busca que improvisen, que actúen sin restricciones, pero le cuesta lograr la coordinación colectiva. Galimatía incomprensible. Vargas Llosa lo dijo: «Argentina es una galimatía indescifrable, país democrático cuando Europa no lo era, próspero cuando otros atrasaban, primero en acabar con el analfabetismo. Hoy es pobre y caótico ¿Tuvo una guerra terrible? No. Elige lo peor. Un país culto, lleno de recursos, que prefiere ser pobre y donde una minoría organizada vence a una mayoría desorganizada, silenciosa e indiferente.

*Director de Ilvem. Contacto horaciokrell@ilvem.com por whatsapp al +5491154224742

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