El hombre es el lobo del hombre

EL  HOMBRE ES EL LOBO DEL HOMBRE

Por Horacio Krell*

“El hombre es un lobo para el hombre” es una frase de Thomas Hobbes para referirse a que el estado natural del hombre lo lleva a una la lucha continua contra su prójimo. El hombre lleva dentro de sí un animal salvaje capaz de realizar atrocidades contra miembros de su propia especie. Incluye guerras, exterminios contra un grupo social, atentados, asesinatos y secuestros, someter a otros individuos a la esclavitud, tráfico ilegal de personas.

El hombre puede tener una conducta buena e intachable, pero también destructiva y egoísta, cuando se mueve considerando solamente sus propios intereses. Hobbes afirma que la paz y la unión pueden surgir de un contrato social, donde se defina un poder centralizado que tenga la autoridad para proteger a la sociedad, creando una comunidad civilizada. Rousseau, en oposición a Hobbes, sostuvo que el hombre nace bueno y libre, pero el mundo lo corrompe.

La destrucción del planeta. Los científicos afirman que la actividad humana es la principal causa del calentamiento global. La instalación de granjas industriales de cerdos en Argentina para exportar a China suponen deforestación, más agro tóxicos, más pandemias. Podría ser un desastre como la soja transgénica que envenenó al campo en un experimento a cielo abierto.

El Covid-19 se vincula con virus nacidos de hacinar animales para su cría industrial y de matar ecosistemas acercando distintas especies que son el caldo de cultivo de virus y bacterias.

Una vez que un microorganismo muta, se fortalece y provoca infecciones con daños gravísimos. Y hay que confinar a la población o matar a miles de millones de animales. Hace 2 años China

sufrió un fuerte brote de Gripe Porcina Africana. Este virus, muy contagioso, afecta a los cerdos alterando su vitalidad. Para evitar su propagación, se sacrificaron  200 millones de cerdos (de modo cruel como quemarlos o enterrarlos vivos), lo que bajó su producción en un 30%.

Trasladar el problema. Erradicar esa peste para garantizar a su población el consumo de carne es una preocupación para China, y el gobierno autorizó a sus empresas a invertir en otros países y a aumentar las importaciones de carne de cerdo. En este contexto la Cancillería argentina difundió la comunicación entre el canciller Felipe Solá y el ministro Chino, ZhongShan, donde se anuncia una asociación estratégica para producir carne porcina y se anuncia una inversión mixta para producir 9 millones de toneladas de alta calidad, lo que le daría a China seguridad de abastecimiento y a la Argentina fondos para el pago de los servicios de la deuda externa.

Un problema para Argentina. Un criadero agroindustrial genera contaminación, es una incubadora de virus contagiosos y una fábrica de pandemias. El riesgo para la salud es innegable y corre riesgo, como lo fue en 1996 la introducción de soja transgénica. Esa soja hoy ocupa el 60% de la tierra cultivada y convierte a Argentina en un país con gran deforestación.

Si bien el campo acompañará la idea, el convenio con China podría colocar lejos a la Soberanía Alimentaria. Las tierras serán ocupadas por granos transgénicos que se exportan, mientras que se margina la producción local, las economías regionales y la producción de alimentos sanos.

Estas granjas impulsarían una mayor demanda de soja, exacerbando un modelo con elevadas consecuencias sociosanitarias y ambientales, para las que habrá que contemplar un plan político.

Zoonosis: enfermedad infecciosa que pasa de animales a personas.  La mayor fue la gripe aviar (provocada por aves) en 1918, que produjo más de 50.000.000 millones de muertes. Luego sigue el SIDA, que se remonta a 1908 por consumo de carne de chimpancés. Los murciélagos están en el origen de la actual pandemia. El primer brote sucedió en Zaire y en Sudán, transmitido por los llamados “murciélagos de la fruta”.  En 2014 se registró el mayor brote de la historia, e indujo a la Organización Mundial de la Salud a decretar una “emergencia sanitaria internacional” para prevenir una pandemia mundial. El drama se liga ahora al consumo humano (en China prolifera la oferta de “sabor salvaje” de  especies vivientes).  Otro flagelo es la deforestación. Sus efectos son múltiples y graves. Los murciélagos se hacinan en los árboles, se mezclan y producen contagios entre especies, se refugian y entran en contacto con humanos.

También se acumula el agua y con eso los mosquitos y crece en un 50 % el paludismo. A la vez, se libera el dióxido de carbono en la madera, contribuyendo al calentamiento global del planeta.

Nada es casual. La responsabilidad humana en la crisis es clara.  Hay complicidad de los gobiernos con las empresas que explotan la madera y la industria agropecuaria, en especial la ganadería, ávida de tierras. La emergencia de agentes patógenos como el Covid-19 se conecta con la cría industrial de animales domésticos como pollos y cerdos destinados a satisfacer la demanda creciente de una población que se ha vuelto mayoritariamente urbana. Se los hacina, se les aplican pesticidas, antivirales y antibióticos para su engorde. Así se debilita su sistema inmunológico y son caldo de cultivo de virus y bacterias que después contagian a las personas.

Esos productos los fabrican corporaciones multinacionales, con enorme poder económico y político (nuevamente el hombre es el lobo del hombre). Gastan fortunas en publicidad y no discuten su responsabilidad sobre el contexto que originó una pandemia como la actual.

Si se hiciera, se advertiría lo que es duro de aceptar: que las infecciones como éstas no nos buscan a nosotros sino que nosotros las invitamos a venir al destruir la vida silvestre, no controlar la producción de los alimentos que consumimos y, en términos más generales, no detener un cambio climático con efectos devastadores sobre la naturaleza.

Tomar conciencia. Se precisa hallar una vacuna. Pero si no tomamos conciencia de las causas la aparición del coronavirus, brotarán plagas de similar virulencia. Y no será sólo por la mutabilidad sino porque hay 300.000 virus que ni siquiera se conocen.  Debemos debatir sobre el futuro y las transformaciones que exige. Si no, dejaremos el tema en manos de dictadores y demagogos preocupados por el corto plazo y sostenidos por los que nos han traído hasta aquí.

El físico Yaneer Bar-Yam que  coordina una red de 4000 voluntarios para controlar la pandemia dijo que con medidas drásticas se podría haber detenido la pandemia. Estudió los vuelos internacionales y encontró como enfermedades locales pueden convertirse en globales.

Cuando están delimitadas, las patologías más graves no sobreviven, pero con los vuelos internacionales crecen repentinamente. En 2014 se creyó que la salud occidental era buena y nada podía perturbarla. Hay una tremenda vulnerabilidad para detener brotes. Piensan que ese virus mata tan rápido que no le da tiempo al paciente a transmitirlo. La oportunidad es detenerlo vigilando los síntomas tempranos. No se hizo y sin eso no se pudo detener la propagación.

Miopía del futuro. El ébola es una enfermedad cruel, pero solo había mil casos. Dos meses más tarde llegó a los 20.000 con 10.000 muertos. El hombre cree que el futuro será como el pasado, es la visión que tiene del mundo. También en estadística la distribución en el pasado y en el futuro es la misma. Pero pueden ocurrir cambios dramáticos en el comportamiento del sistema.

Medidas drásticas. La creencia irracional es que todo seguirá igual. Pero lo que pase está determinado por las vulnerabilidades. La estrategia que funciona es hacer todo pronto. Nueva Zelanda evitó que la gente se enferme evitando que se propague. Otro país que estuvo mejor y con menos recursos fue Mongolia. Tenía comunicación directa con China y Rusia. Este país muy pobre y densamente poblado no tuvo casos de transmisión. Detuvieron el transporte y no dejaron que la enfermedad ingrese al país. No hubo viajero que no fuera puesto en cuarentena.  Debieron tomarse acciones extremas. Los viajes debieron ser interrumpidos desde el comienzo.

Se pensó en términos de dinero.  Hubiera sido mejor gastar en ese momento y evitar que el coronavirus escapara de China. Tendríamos pocos casos en el mundo y sabríamos cómo manejarlos. Pero no se hizo. Si se hubieran tomado medidas drásticas, se podría haber detenido la pandemia. Era lo menos costoso. No son los que entienden de ciencia, sino los que se preocuparon acerca de la gente los que evitaron que muchos se enfermaran y murieran.

Restringir la movilidad. Así no se hubiera desatado la pandemia. Hay que combinarla con cortar las conexiones, con el distanciamiento social. No juntarse con otros, usar máscaras, prevenir la transmisión y asegurar que ninguna interacción transmita el virus.

Hay que identificar enfermos o que pueden estarlo y aislarlos. Si se separan todos, desaparece el virus, porque deja de transmitirse. Si no se puede hay que aislar a los enfermos y familia. Para eso hay que identificarlos. Las herramientas son el testeo y el rastreo de contactos.

Detección temprana. Lo importante la revisión clínica, pérdida del gusto y el olfato, medición del oxígeno en sangre y tomografía de pulmón. Atajar al enfermo tan pronto como sea posible para detener los brotes y la enfermedad. Sin buenos tests habrá que analizar los síntomas.

Lo más importante es trabajar juntos y que cada uno haga su parte. Porque no hay gobierno que pueda actuar sin que las personas acepten que deben  interrumpir la circulación. No hay nadie que logre que la gente haga lo que se necesita a menos que adviertan el peligro, que puede originar sufrimiento y muerte, y  trabajar juntos, escuchar instrucciones y tomar la iniciativa.

Crece muy rápido. Parte de la dificultad es que al comienzo los brotes tienen números muy pequeños comparados con otras enfermedades, como los ataques cardíacos. Pero crece muy rápido. Unas semanas más tarde, puede multiplicarse por 10,  todo el mundo se enferma, muchos morirán, y muchos más estarán gravemente enfermos. No se puede actuar basándose en lo que se ve en un momento, sino en lo que pasará si no se actúa. Basta un pequeño aumento para que todo se descontrole. Si se liberan las restricciones, es como dejar que algo explote.

Identificar infectados. Si se identifica a alrededor del 85%, se asegura de que comenzará a bajar. Hay que hacerlo cuidadosamente para detectar a la mayoría. Los países que lo hacen pueden volver a la normalidad. Los que no lo hagan les llevará un largo tiempo y estarán viviendo en el infierno, algunos lo están experimentando. Es una prueba de la voluntad de vivir. Porque el bienestar económico y social no será sostenible en el contexto de esta enfermedad.

Efectos colaterales. Empieza con un poco de fiebre y malestar general, seguido de una tos imparable y problemas para respirar. Prospera en las aglomeraciones y se contagia por contacto estrecho. Para contener un brote es necesario rastrear los contactos de los infectados, aislarlos y darles tratamiento durante semanas, o incluso meses. Esa enfermedad traicionera ha llegado a todos los rincones: es la tuberculosis, el mayor asesino infectocontagioso del mundo, con 1,5 millones de muertes al año. La tuberculosis, el VIH y la malaria, estaban retrocediendo. El número de víctimas durante la última década había tocado su pico más bajo en 2018.

Sin embargo, ahora que la pandemia de coronavirus azota el mundo, consume los recursos sanitarios globales y esos enemigos están haciendo su retorno triunfal. El Covid-19 amenaza con echar por la borda todos nuestros esfuerzos y retrotraernos 20 años, dice el doctor Pedro L. Alonso, director del programa contra la malaria de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Las cuarentenas, especialmente en regiones enteras, son  barreras infranqueables para los pacientes que deben viajar para conseguir un diagnóstico o medicamentos, según entrevistas con más de dos decenas de funcionarios de salud pública, médicos y pacientes alrededor del mundo.

El temor al coronavirus mantiene alejados del tratamiento médico a pacientes con VIH, tuberculosis y malaria, mientras que las restricciones a los viajes aéreos y por mar limitaron el suministro de medicamentos en las regiones más golpeadas por estas enfermedades.

Tucidides, hace 2500 años, sobre la peste de Atenas dijo que en un terremoto no vemos cómo avanza la muerte, en cambio el virus es activo y no sabemos cuánto dura. El contexto actual lo favorece. Hoy el hombre reemplazó a Dios: agotó los recursos naturales y la biodiversidad. La trampa en que caímos es que la creamos por codicia, por errores de cálculo y de previsión.

El fracaso de la comunidad internacional. El desafío es interactuar en un mundo más conflictivo que cooperativo. La humanidad necesitaba organismos para transitar por la crisis, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) se convirtió en sinónimo de falta de rumbo, errores de comunicación y de sentido común. En su aniversario 75, la ONU (organización de las naciones unidas) atraviesa por una crisis de legitimidad ante la guerra fría entre China y EEUU. La OMS es el terreno de batalla. Estas instituciones representaban el contrato social para luchar como en los orígenes de la humanidad contra el hombre como lobo del hombre. El ideal de la ONU era desplazar las confrontaciones que devastaron al mundo en siglos anteriores.

Así, los representantes fundaron además la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), el Acuerdo General de Comercio y Tarifas (GATT, más tarde Organización Mundial del Comercio, OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.

La comunidad internacional se diseñó para que ningún conflicto desencadene una espiral de represalias con el uso de la fuerza. Los problemas actuales prueban que el sesgo idealista de la ONU quedó desdibujado. La pandemia hizo que el diálogo global y la acción coordinada sean más urgentes que nunca. Pero la confianza en las organizaciones internacionales se resquebrajó.

Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Japón, como Uruguay controlaron el virus sin destruir sus economías. Solo había que emularlos. Pero el gobierno argentino se enamoró de una cuarentena eterna controlada por un Estado parapolicial que destruyó la actividad económica

¿Cómo defender ahora el interés nacional desde una posición de debilidad relativa?

En la Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides relata que el pueblo melio apelaba a argumentos de igualdad, institucionalidad, justicia y neutralidad. Atenas les mostró la realidad del poder antes destruirlos. Para los países débiles tener poca influencia en la ONU es una mala noticia. Pero peor sería ignorarla al definir prioridades en política exterior. Es lo que hay.

*Director de Ilvem, mail horaciokrell@ilvem.com por whataspp al +5491154224742

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