Algo huele mal en Dinamarca

ALGO HUELE MAL EN DINAMARCA

Por Horacio Krell*

Shakespeare escribió la frase que hoy se usa para definir lo que marcha mal por la corrupción. Pero hoy Dinamarca lidera el ranking de las naciones felices. La receta es hacer cosas buenas para el alma, sentir comodidad, confort y bienestar, compartir afectos. El combo incluye relaciones familiares, situación financiera, trabajo, comunidad, amigos, salud, libertad y valores.

Algo huele mal en Argentina, como si fuera la historia de nunca acabar, se vuelve a discutir lo que ya discutió muchas veces. Por ejemplo se critican las evaluaciones Aprender y Pisa, pruebas que usan los países para comparar los resultados entre escuelas del país y con las del resto del mundo. La  demonización de las evaluaciones impide realizar el relevamiento de información confiable y el análisis de la calidad educativa. Así critican:

Evaluar no es enseñar, es para controlar y seleccionar desde una lógica empresarial. Lo que en realidad se busca es reducir la cantidad de alumnos y docentes apelando a la meritocracia.

Con este relato disimulan la verdad con una ensalada discursiva ¿Son eficaces las pruebas estandarizadas? La estandarización, es su activo, porque permite comparar con parámetros universales escuelas ubicadas en cualquier lugar. No existe otra manera.

Una evaluación es siempre el recorte de una realidad más compleja, pero sin pruebas no se puede tener información confiable. Al menos sirven como punto de partida.

Tener olfato. Al animal, el olfato, le permite encontrar comida, huir del peligro y formar pareja. En el hombre es un sentido menor. Su función es relacionar lo agradable con lo desagradable y atraer recuerdos y vínculos que se establecen muy tempranamente. La madre y el recién nacido quedan impregnados por el olfato. Cuando no se huele, da igual comer una manzana que un tomate. A menos olfato menos apetito o puede llevar a condimentar en exceso la comida.

Vivir es respirar y respirar es oler. Se estima que cada día respiramos 23.040 veces movilizando 133 metros cúbicos de aire y detrás de cada olor se esconde una historia que es la llave de entrada al autoconocimiento. El lenguaje popular lo expresa así, para bien o para mal: “me huele mal este político”, “este asunto apesta”, “alguien anda husmeando mis cosas”, tiene “buen olfato para los negocios”, “me huelen mal las evaluaciones”.

El olfato y el gusto están relacionados. Quien está privado del olfato encuentra el mundo inodoro y también insípido ya que un 90% del gusto es olfato. Perder el olfato interfiere en la capacidad de percibir sustancias químicas y gases nocivos, con consecuencias graves. Un déficit en el sentido del olfato puede ser una señal temprana de la enfermedad de Alzheimer.

Sensaciones presentes evocan sensaciones ausentes. Nuestra existencia está determinada por las emociones. Las experiencias olfativas son el primer contacto con el mundo, a través del olor materno, afianzan la sobrevivencia y constituyen el inicio del conocimiento. Acumulamos luego experiencias olfativas que consolidan el imaginario olfativo de los fenómenos odorantes.

En la contemporaneidad prevalece lo inodoro (sin olor), y la cultura de las fragancias cede lugar a la nulidad odorífica en los espacios sociales. El hospital aporta sus olores propios.

Estos olores pueden emanar del ser humano. Si  un olor desagrada se apela a la contención, dispersión o eliminación del mismo. Un olor puede tener múltiples significados, indicios clínicos, caracteres étnicos y valores, tanto para quien cuida como para quien es cuidado.

El sentido del olfato. Los filósofos antiguos descubrieron las sensaciones que presentan los olores con una estructura “más tenue de que la del agua y más densa que el aire”;  y, por la complejidad de clasificación, se limitan al carácter de agradable y desagradable. La visión es el sentido elegido para calificar la mayoría de los reflejos sensoriales en el pensamiento occidental.

 El filósofo Montaigne defendía un mundo  inodoro. La mejor calidad que el ser humano puede tener es no oler, y que, el hálito más puro es tanto más dulce cuanto es sin ningún olor, como en el caso de los niños sanos. Además de las emanaciones provenientes de los perfumes agregados al cuerpo pueden señalar algún defecto odorante natural, lo que originó aforismos poéticos tales como  que es señal de buen olor quien siempre huela bien  y que un muerto huela mal.

Hábitos desodorizantes fueron adoptados en las culturas actuales, promoviendo una verdadera asepsia ambiental y corporal. Con eso el olfato perdió espacio en muchas actividades, manteniéndose en la química, en la manipulación de esencias o en productos aromáticos.

La Gestalt y la Fenomenología de Husserl, contrariando los conceptos empiristas y racionalistas, definen la sensación indistinta de la percepción, esto es, sentimos y percibimos formas en su totalidad, dotadas de sentido o de significación.

Para los empiristas el conocimiento tiene origen en la experiencia sensible, en los sentidos, sensación y percepción dependen de estímulos externos y las ideas derivan de la sensación.

Condillac para explicar el lenguaje de la acción analiza el pensamiento. El lenguaje contribuye a comprender los sentidos, pero con sus aristas semánticas confunde al intelecto. En el lenguaje está la noción de sensación, que como calidad no es parte de la consciencia sino del objeto.

El olfato es lo más directo de nuestros sentidos. La “invisibilidad” de los olores despertó interés para estudios en la filosofía. Dificultades en categorizar, mensurar, recrear, manipular y la percepción subjetiva, indicaron la olfacción como un estímulo de difícil manejo.

Las neurociencias y el olfato. Con el avance tecnológico la olfacción ganó nuevos espacios en diversos campos del conocimiento, como en los laboratorios de neurociencias. Las sensaciones olfativas por las reacciones de carácter afectivo y terapéutico (humor, depresión, euforia, irritación, repulsa o seducción) y de acuerdo con la percepción subjetiva y la interpretación de la memoria olfativa, etc., hacen que un mismo olor pueda ser agradable o desagradable.

Hoy se puede evaluar olores con parámetros como concentración, intensidad y características, con equipamientos complejos para análisis y medidas de emisiones odorantes, como los olfatómetros, espectrómetros, cromatógrafos de gases y narices electrónicas. Pero no pueden definir caracteres subjetivos como la tonalidad hedónica de un olor, sus características estéticas. Una tentativa  es la “Rueda de Olores” que identifica categorías por su significado subjetivo.

Los malos olores despiertan mayor interés en la ciencia. Con los descubrimientos de Pasteur, los científicos sustentaron que los malos olores eran subproducto de agentes patológicos y la medicina se dirigió al mundo de los microbios y no al análisis de los olores.

En los dos últimos siglos los olores ganan espacio de investigación y la cultura del cuerpo desodorizado, motiva la producción de inmensurable de productos que enmascaran los olores del cuerpo: desodorantes, cremas, jabones, polvos y pomadas. Surge una nueva apropiación del sentido del olfato por el mercado, a través de la comercialización de los olores, con productos médico/sanitarios ampliamente utilizados. Incluso con el control de los olores del cuerpo, se promueve el diagnóstico, tratamiento y vigilancia en todos los espacios de la actividad humana.

El olfato es vital al ser humano. Es esencial a la vida, proporciona interacción con la naturaleza, seguridad, reproducción de la especie, placer en el ser y en el vivir. El ser humano es olfativo por naturaleza, interactúa con su ambiente, percibiendo e interpretando los olores de acuerdo con sus características estéticas, las cuales podrán ser confortables o incómodas.

Las sensaciones olfativas y sus interpretaciones estéticas, posibilitan la expresión de sentimientos y consuelo o desconsuelo físico o psicológico. Estudios sobre percepción olfativa en el ambiente social ayudan al diagnóstico y prescripción de la calidad ambiental y terapéutica.

Tener buen olfato es ser inteligente. El hombre al ponerse de pie, se alejó de la tierra, desarrolló el intelecto  pero perdió el buen olfato, presente en su anterior vida animal.

En “Búsqueda del tiempo perdido” Proust analiza el resultado de asociaciones de ideas provocadas al mojar un biscocho en una taza de té. El olor y el aroma lo conectaron al pasado. Este  estímulo agradable – un signo analógico parecido a la realidad que representa- se coló hasta acceder a ciertos recuerdos inaccesibles para su conciencia y desencadenó el relato.

El buen olfato difiere de otros sentidos porque es leído velozmente por el sistema emocional. El buen olfato -propio del animal-, se deterioró en el hombre cuando la bipedestación lo alejó del suelo. Entonces el cerebro cambió: la boca delegó en las manos las tareas ejecutivas, se amplificó la visión y se desarrolló el  lenguaje. El buen olfato trae emociones lejanas y profundas al  área analítica de la corteza cerebral dando lugar al proceso explícito del recuerdo. Estas memorias, más estas palancas que las ponen en movimiento, son vitales para decidir.

El olfato y la inteligencia. El buen olfato es el detective del cerebro. Si faltan datos, la nariz genera pistas y reconoce  peligros, detecta alimentos en mal estado o pérdidas de gas invisible. El creador de perfumes reconoce el olor de miles de productos. En artistas con buen olfato, la imaginación, la memoria y el talento hacen la diferencia. La química logró que la perfumería se hiciera arte creando olores artificiales. Con el diccionario olfativo, el cerebro incuba e imagina conexiones. El creador inventa lo que corresponde al momento sin quedar pegado a lo existente.

Procesamiento de sensaciones. El patrón primario del buen olfato llega a una región de reconocimiento, y a otra superior, donde la identidad está codificada. Los datos perceptivos viajan y crean una impresión comprensible. El retorno, – el feedback- está basado en la experiencia y define la percepción. La realidad desde lo humano es interpretación. Esta construcción cerebral del suceso explica la potencia de los placebos y de los nocebos (que pueden enfermar), del coaching conversacional y de la meditación.

La mente posee la capacidad autosugestiva  que le permite convertir en acto todo lo que piensa. Si se convence al nivel más alto de la conciencia, los datos transmitidos por los sentidos ni siquiera se consideran. Esto explica la hipnosis como el proceso en el que la sugestión invade la realidad. No es que los sentidos reciben y el cerebro construye, necesita el  agregado de la experiencia para producir la creación. Si el cerebro imagina algo diferente, es diferente para él.

Perder el olfato. Vemos al mundo con ojos y oídos sordos al olor, como si fuera vergonzoso. El olor del tabaco o la fragancia evocan recuerdos. Para Proust no fue ver al biscocho la clave:

“Cuando nada subsiste, después de la muerte, cuando las cosas se rompen y se desparraman, su perfume y su sabor permanecen como almas tenaces que resisten en pequeñas e impalpables gotas de su esencia, en el inmenso edificio de la memoria”.

Cómo recuperar el olfato.  Hay que bajar la información a la gente, para que aprenda entrenar su cuerpo y su mente. La mejor manera es que una buena educación cambie la receta y ponga a la ciencia al alcance de todos. Hay que enseñar a respirar y a codificar los olores de la vida para desarrollar el buen olfato de ida y de vuelta como un miembro calificado del equipo intelectual.

La sinestesia. Se refiere a la mezcla de percepciones sensoriales. Es una virtud y no un defecto. Sucede al integrar mejor las sensaciones y eso permite efectuar asociaciones más potentes que mejoran la memoria y las asociaciones nuevas sirven  para generar mejores ideas.

El sinestésico “escucha los colores” o “ve la música” y da lugar a figuras que expresan esta confusión. Sinestesia deriva de syn (juntos) y aisthesis (percepción). Es una involuntaria fusión donde la información real de un sentido se acompaña con una percepción en otro. La sinestesia surge de conexiones cruzadas entre los sistemas sensoriales. Estas conexiones están presentes desde el nacimiento y luego desaparecen. El sinestésico adulto las  conserva.

James Wannerton lo explica: Al igual que no se puede “apagar” el sentido del olfato, yo no puedo apagar este peculiar sentido del gusto, que es perfectamente real en mi boca”.

Partes de la sinestesia. La sinestesia mezcla los sentidos (gusto, olfato, tacto, vista, oído) y las sensaciones (amor, odio, ternura, enojo, placer, indiferencia, etc,) con colores, texturas o con cosas que al parecer no tienen conexión entre ellas. En su laboratorio Johan Lundstrom logró que, estimulando eléctricamente la corteza visual de sujetos “normales” mejoren su olfato. Demostró que  las estructuras cerebrales responsables de procesar la información de la vista y el olfato están conectadas. El cruce entre sentidos existe, así es que podemos considerarnos sinestésicos por naturaleza.  El sinestésico no es alguien que produce asociaciones extraordinarias, sino quien las hace conscientes mientras que el resto de la gente las ignora. Cualquier cerebro puede conectar estímulos, pero la mayoría no lo hace.

Estudiar al sinestésico, arroja luz sobre el mecanismo que subyace a la experiencia consciente.

Entrenar a los no sinestésicos.  El beneficio de la “sinestesia entrenada” es que ayuda a mejorar el rendimiento cognitivo.  Mientras educamos y reeducamos no debemos olvidar que el cerebro es  una caja negra a explorar. Así como a nadie se le ocurre mandar a un soldado a la batalla sin enseñarle a usar el arma, del mismo modo no podemos enviar al ciudadano a la lucha por la vida sin aprender a usar su cerebro y a conectar sus percepciones a través de la sinestesia.

Parafraseando a Shakespeare podemos decir que “algo huele mal en el mundo actual”.

Dr. Horacio Krell. Director de Ilvem:  horaciokrell@ilvem.com por whatsapp +5491154224742

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